
La sala Arena estaba hasta la bandera; apenas cabía una persona más y solo porque L. se rajó. Cuando la banda salió al escenario, el aforo allí también se completó: La habitación roja son siete hombretones, ni uno menos. En ese mismo instante, recibí mi primer pisotón: la tipa de al lado fue poseída por las pasiones que levanta el grupo y yo ya tengo excusa para la deformidad del meñique de mi pie izquierdo.

Pero los más ardorosos fans no eran mujeres, quizá y tristemente porque aun entre tantos miembros es difícil, que no imposible, encontrar sex appeal. La palma se la llevaron dos señores que se auparon a hombros de otros amigotes para quitarse la camiseta y airearla, dando voces futboleras. ¿Se confundieron de concierto? No: en el clímax uno de ellos se subió al escenario, demostró saberse la letra al dedillo y aprovechó para tirarse al público, confiando en la fuerza y amistad de quienes había debajo.

Apenas teníamos sitio para aplaudir, desde que dos jugadores de vóley se apretaron contra nuestras espaldas y alrededores, pero ganas había. Durante dos largas horas, que también dejaron secuelas en los riñones, el cantante derrochó energía y dejó claras unas letras, entre la depresión y la superación, que “en diferido” cuesta entender.

Sonó Esta no será otra canción de amor y B. ya se pudo ir a echar un piti. No fuma, aparte de todo el humo que tragó ayer, pero se entiende la imagen.
Solo cuando a Jorge y su guitarra les daba por la introspección, nos dio tiempo a pensar en las cañas a cinco euros y cagarnos en la ahora sala Heineken. L. no debió abandonarnos. O podía haber revendido la entrada y pagarnos un katxi para que la noche fuera perfecta.
Las fotos son de El Humilde Fotero del Pánico y fueron tomadas hace unos días en Donosti.
