Hace un año, si mi público me permite la licencia, di por culminado este blog. Aludí que mis mentores habían conseguido nuestro objetivo: que servidora superara sus barreras físicas y psicológicas y disfrutara a su manera de la música. Cualquier música.
En realidad, mentí. Digamos que adorné la realidad. Del desinterés inicial, la música pasó a ser una obligación. Estaba cansada. Ahora, en mitad de 2012, olvidados los minutos musicales, arrinconadas las réplicas indoctas y
lejanos todos, B., G., M., A., J. y Ma., me dio un ataque de nostalgia, me liberé de cualquier complejo y me metí en la piel del melómano máximo: el festivalero yankee, disfrazado de indio, haciendo el indio, en Indio, California.
Para cuando J., siempre más nostálgico y perseverante que yo, me recomendó a los
Black Keys, mi respuesta fue: “
Hitazo. Voy a verlos en Coachella”. Me hubiera gustado ver su cara al otro lado de la pantalla.
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The Black Keys, Lonely Boy
Me había dejado convencer de las propiedades mágicas del festival, había comprado entradas y obtenido la pulsera más cara que he llevado jamás. Me colgué una pluma en el lóbulo derecho, siguiendo indicaciones de Ma. y B., y me planté bajo el durísimo sol del desierto.
Estas cosas que si me obligan, no hago.
El temón, que lo es, fue el clímax del primer día. Pero tengo un pero. Me hizo echar de menos al bailarín del vídeo y no me quité de la cabeza la idea de que The Black Keys es otra
one-hit-only band, de esas que adoro al volante y se empeñan en quemar en
98.7FM.
Claro que
The Black Keys están a otro nivel, el cantante es mono y tienen más pasado y futuro que
Gotye, ese
pobre afortunado que dieron a conocer
cinco virtuosos y su (única) guitarra y pronto será
somebody that I used to know.
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Gotye, Somebody That I Used to Know
Antes, habíamos visto a los
Artic Monkeys con las expectativas hinchadas por su prestigio y me dejaron fría, cosa complicada a 110ºF y con los perros calzados para no quemarse las pezuñas en el asfalto; a
Madness, que descubrí con gusto treinta años después de su éxito
It Must Be Love; y a
Pulp, con un líder concienzudamente provocador, una puesta en escena extrañamente hipnótica y una interpretación divertidísima de su conocido (hasta por mí)
Common People.
El día acabó con electrónica de
Swedish House Mafia, que no os enlazo para proteger vuestro cerebro, que os hace falta el resto de la jornada, que sé que estáis leyendo esto en la oficina. Aquello no había hecho más que empezar.
Todavía quedaba... tela.
Y yo más agotada que las 160.000 entradas (80-
85.000 personas cada uno de los dos fines de semana).
Sábado.
Noel Gallagher's High Flying Birds, debiéndose a Oasis plausiblemente y cerrando con
Don't Look Back in Anger.
Sebastian Ingrosso, del que no recuerdo absolutamente nada. Más electrónica de
Kasabian, de quienes solo recuerdo las porras láser que repartían.
Radiohead. Eh, vale.
¡Radiohead! Y tal.
David Guetta: el major ejercicio que he hecho nunca y el concierto que hizo de este segundo día, el mejor.
Se puso el sol sobre el perfecto césped del campo de polo y respiramos.
Domingo. Así de memoria… poco. El factor electrónico, por lo visto esencial, lo puso
Calvin Harris. Recuerdo
el petardeo fatuo de
Florence + The Machine y su hades y por supuesto, el remate, la guinda del pastel, o el cogollo de la planta: el alucinante espectáculo de los
moddafuckaa Dr. Dre & Snoop Dogg, que estaban preocupados por las provisiones fumables del respetable y
revivieron a Tupac en un holograma.
Que, de todo, elija a David Guetta es la demostración empírica de mi mal gusto y de que sigo siendo una rematada melófoba, quiero pensar, pero “fue una experiencia”. Mi capacidad para disfrutar de todo bate sus propios récords a diario y, aunque el clásico “al menos una vez en la vida” se quedará definitivamente en “una vez en la vida”, si no cojo entradas para 2013, ¡ya a la venta!, es más por mi agenda incierta que por mi incierta melofobia.
Al fin y al cabo, durante las 72 horas que pasé en el epicentro de la melomanía,
nadie pareció acusar mi melofobia.